Ya se lo habían advertido los compañeros: te ha tocado un curso pésimo. El profesor observó, efectivamente, que su clase parecía más una concentración de amiguetes para pasárselo a lo grande que otra cosa. Pero no fue eso lo más grave, lo que le causaba mayor desasosiego era el ambiente de desidia y de pasotismo tras el que se escudaba la mayoría del alumnado, la falta de interés por todo lo referente al estudio era alarmante. - Hoy no tenemos ganas de nada, profe, vamos a contar chistes...
Este es mi tiempo, no tendré otro igual -reflexionaba-, estos son mis alumnos, a ellos me debo. Cada día es un regalo y también un reto para intervenir en sus vidas. Sabía que iniciaba un camino difícil, pero vio también que dejar de intervenir para quejarse o amargarse, sería para él mucho peor. Y comenzó a analizar con rigor las causas del adverso comportamiento de su clase, incluso las administrativas, y a alumbrar soluciones graduales, confiado en destilar en' sus alumnos unas gotas de responsabilidad y un estímulo. para despertar el interés por el conocimiento. Fue entonces cuando concluyó: es un pésimo curso, pero es mi curso.
Miguel F. Villegas

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